Es
importante considerar que dependiendo de la edad madurativa del niño los
distintos síntomas y signos se van a presentar de distinta manera. Sin embargo,
y a modo general, se observan afectadas tres áreas: física, cognitiva y
afectiva.
Siendo
las manifestaciones más recurrentes: las alteraciones del sueño (mal dormir,
pesadillas, inversión sueño-vigilia), sudoración, quejas somáticas (en general
dolor de estómago), preocupaciones (pueden deberse a un tema por ejemplo a los
padres o pueden ser en general), expectativas catastróficas (esperan que algo
salga mal), fantasías, percepciones amenazantes (las cosas son amenazantes por
sí misma), automonitoreo (se mira constantemente de manera negativa), labilidad
emocional, tristeza, retraimiento (se aíslan, se quedan solos, callados),
necesidad de contención y protección, irritabilidad (más común en niños mayores) y conductas de evitación (a la
situación ansiógena).
Los padres deben estar alerta a estas manifestaciones, pues mientras antes
logren detectar los cambios las consecuencias serán menores, más fáciles de
revertir o no lograrán configurar un trastorno propiamente tal.
Si usted está preocupado por su hijo y cree que sus dificultades son debidas
a la ansiedad, debe consultar a su pediatra, psicólogo u otro profesional de la
salud cualificado para recibir una orientación adecuada. Los problemas de
ansiedad en los niños se pueden tratar, y de esta manera prevenir dificultades
futuras, como problemas con sus pares, rendimiento por bajo de su potencial
social y escolar o sentimientos de ineficacia y baja autoestima.
Los tratamientos pueden incluir: psicoterapia individual, destinada a
adquirir estrategias de resolución de problemas, flexibilización de esquemas
cognitivos y desarrollo de habilidades específicas; terapia familiar, para
demoler los mantenedores de conducta, modificar el ambiente y aumentar la
entrega de reforzadores; además del trabajo interconectado con el
establecimiento educacional y en algunos casos medicamentos.